EL SECRETO PRODIGIO DE LA GALERÍA DE ARTE “EL CABALLO VERDE”


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Un río suena siempre cerca.

Ha cuarenta años que lo siento.

Es canturía de mi sangre

o bien un ritmo que me dieron.

 Gabriela MISTRAL

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Cuando Carmen Azócar nos invitó, gentilmente, a escribir las palabras celebradoras de un nuevo aniversario de su hija pródiga, la Galería de Arte El Caballo Verde, sentimos que se nos otorgaba un privilegio y, a la vez, una responsabilidad; porque referirse a este espacio que ya es un punto de referencia insoslayable en el arte nacional, es dar testimonio de una trayectoria concreta y de los sueños, la pasión, los sacrificios y el amor que se ha puesto en cada uno de los hitos de su fructífera existencia.

Esto implica, al mismo tiempo, rendirle un homenaje a la memoria que, como en un poema nuestro, es esa “luminosa constelación” hecha de certezas y fragilidades, de netas transparencias y de veladuras, de luces y de sombras, pero también de claroscuros, de visiones y revisiones. Recuerdos, acontecimientos, vivencias, personas, personajes, anécdotas, experiencias, frustraciones y una larga lista que seguirá su curso aun cuando el caballo verde deje de galopar, porque sus cascos continuarán resonando en las futuras generaciones como válidos ecos de su propia historia y de quienes le dieron vida.

El Caballo Verde cumple 22 años y esto es decirlo casi todo. ¿Qué se celebra cuando se celebra?, hubiera podido escribir el poeta Gonzalo Rojas, que pronto tendrá 90.

Primero: la inteligencia, el empeño y la visión de mundo de su creadora, Carmen Azócar, al imaginar y pensar que su sueño de una galería de arte en Concepción y para Concepción, con la mejor producción artística, sería posible y sustentable en el tiempo. Carmen visionaria.

Segundo: el haber llamado a la galería El Caballo Verde, “de tan evocadoras y sutiles resonancias”, según palabras de Pacián Martínez, como no: Neruda, Altolaguirre, García Lorca, la España del 30, los poetas, el surrealismo; la estrecha amistad de Rubén, el padre de Carmen, con Delia del Carril y el hacedor de Residencia en la tierra. Carmen siempre cerca de la poesía; Carmen creativa.

Tercero: el haber abierto una puerta para disfrutar y dialogar lo más representativo de las artes visuales y darle a la galería, a través de sus incontables laberintos, la gracia de la olvidada conversación que es, en uno de sus sentidos etimológicos en desuso, “vivir, habitar en compañía de otros”. Carmen anfitriona.

Cuarto: el ser, además, un lugar que forma, que informa, que transforma a los visitantes: nadie abandona este mágico territorio, porque lleva consigo, en la retina de su corazón (ver/sentir), el secreto de su prodigio, los mundos aquí observados, vividos, asimilados, aprendidos, conversados. Carmen maestra.

Estos cuatro elementos, estos cuatro pilares humanos, como habría dicho Baudelaire en sus correspondances, sostienen lo que significa y ha significado El Caballo Verde para la ciudad y la región, para la plástica chilena; especialmente para todos nosotros, y lo proyectan en su vuelo, porque en 22 años este equus nuestro, ya tiene alas de gigante: ha devenido en un verdadero Pegaso.

Y si de poesía se trata, el caballo verde es la metáfora de la utopía, del otro lugar, de la otra voz que propagó y defendió el libérrimo Octavio Paz. La palabra “carmen”, en la segunda acepción del Diccionario de la RAE, significa “verso o composición poética” y, en la primera, dicha en Granada (¡otra vez España!), “quinta con huerto o jardín”. Amables y extraordinarias correspondencias y coincidencias para esta galería que es, como en el poema de Machado, “un huerto claro donde madura el limonero”.

La celebración es, por lo tanto, honda y plural, bella y entrañablemente cordial, es decir, “que tiene virtud para fortalecer el corazón”, porque no sucede en la superficie, sino en los espacios que laten en lo profundo-genuino, en el color del alma, en las texturas y tonalidades de una emoción, en los matices y volúmenes de una actitud, en el trozo y trazo de un carbón que será diamante. Y eso es, precisamente, lo que festejamos: que en estos tiempos de tantos deterioros y precariedades, de tanta insana competitividad y de banalidades extremas, una extraordinaria mujer, esta Carmen Azócar nuestra, nos regale un precioso diamante verde: el caballo del arte, el caballo de la poesía.

Tulio Mendoza Belio

Miembro Correspondiente Academia Chilena de la Lengua

Instituto de Chile

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